domingo, 8 de enero de 2017

Suicidio, fe y baile

He pensando en suicidarme algunas veces, como respuesta al cansancio de estar esperando.

Suicidar las ideas negativas, suicidar las malas vibras, suicidar los hubiera, suicidar la bronca conmigo misma, suicidar la depresión, el desgaste, el llanto.

Suicidar la impotencia cada vez que no había una segunda llamada de entrevista, suicidar ese sin sabor de qué diantres pasó para que no llamen, suicidar las rumiaciones, la desesperanza.

Suicidar mi pasado, mis inseguridades, mis miedos, mi impulsividad, mi falta de valentía y de coraje que me limitaron y aún me siguen limitando.

Y en el camino del suicidio, aparece la fe, la fe a seguir, la fe de que puedes renacer luego del suicidio, la fe de que has tocado fondo para darte cuenta y renovarte, darte cuenta de saber si realmente quieres seguir en ese camino o no.

La fe que había perdido, la fe con la que renegué, con la que trato hacer las pases para no desvanecer, la fe que me hace pensar que por algo pasan las cosas, la fe que me dice quizás no es para ti ese camino pero posiblemente yo sigo obstinada y quiero creer que sí. La fe que me dice hazlo, no tengas miedo a hacer eso que evitas por miedo al fracaso.

Y entre el suicidio y la fe aparece el baile. El baile liberador, el baile sanador, el baile fortalecedor, ese que te hace olvidarlo todo, te hace sentir segura así bailes mal, el baile que te hace vibrar al ritmo de la melodía, coordinar pasos y soltarte sin importar que tan bien o mal bailes.

El baile es una droga, es un paliativo, es una hora, dos o más donde sientes poder, donde piensas que todo es posible si lo quieres lograr, donde puedes reinventarte en cada paso, cada acorde, cada canción.

Y así a veces uno tiene que tocar fondo para suicidarse, hallar la fe y continuar bailando.

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